Lo que se pierde cuando nadie cuida la memoria

En diciembre de 1935, Alberto Muro sufrió una hemiplejia.

Tenía 65 años. Llevaba casi cuarenta dedicado a la fotografía. Sus manos, las mismas que habían ganado un concurso nacional entre 14.000 fotografías, dejaron de responder.

No volvió a coger una cámara.

Jesús Esteban Blasco, un colaborador de confianza, se hizo cargo del estudio. Alberto vivió diez años más, hasta que falleció el 30 de septiembre de 1945.

Y entonces pasó lo que pasa siempre cuando nadie entiende el valor de un archivo.

Sus negativos desaparecieron.

No hubo un incendio. No hubo una guerra. Simplemente, nadie los guardó. Miles de placas de vidrio, décadas de retratos de familias riojanas, el trabajo de toda una vida. Perdido.

Cuando pienso en mi bisabuelo, no pienso solo en el fotógrafo brillante que fue. Pienso en eso. En la fragilidad de la memoria cuando nadie se ocupa de protegerla.

Yo tengo 400.000 negativos en mi estudio. Tres generaciones de ourensanos. Bodas, bautizos, comuniones, retratos de carnet, fotos de familia. Gente que ya no está. Gente que aún está.

Y tengo muy claro una cosa: lo de mi bisabuelo no va a volver a pasar.

La semana que viene empiezo un nuevo capítulo de esta historia. El del alemán que llegó a Ourense en 1922 sin hablar español y con una sola certeza: que sabía hacer fotos.

Familia Muro-Gutierrez (1901) Logroño.

A la derecha mi bisabuela Liboria con mi abuela Dora en brazos. A la izquierda de todo el niño es mi tío Abelardo. Mi bisabuelo Alberto es el hombre del centro y el resto de la familia, son los hermanos de Liboria, Ángela, Manuela, Tomás e Irene.. La señora de pie es mi tatarabuela, la madre de Liboria.

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